La voz de Sofía de Ciervo no siempre fue la que es hoy. Hubo un tiempo, en su Junín natal, en el que no sabía si quería ser cantante lírica o actriz, si debía seguir las reglas estrictas del conservatorio o dejarse llevar por la electricidad del rock nacional. Hoy, luego de haber sido nominada a los Premios Gardel por su trabajo discográfico Punga, la artista se ha convertido en una referente de una nueva generación que no busca homenajear al tango desde la nostalgia, sino desde la irreverencia.
En una charla con TeleJunín, la joven repasó un camino que comenzó casi por azar. "Tenía 9 o 10 años. Fui a una fiesta con mi papá y cantó Lola Barrios Expósito. Me quedé anonadada. No podía creer, siendo niña, que una voz pudiera ser tan enorme. Le pedí a mi papá que me lleve a tomar clases con ella", recuerda. Ese fue el punto de partida: el lírico, la técnica y la exigencia del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Pero la academia, con sus límites rígidos, pronto le quedó chica.
"Me pasaba que el ambiente del lírico era muy cerrado. Yo quería divertirme, quería jugar con el teatro, con la danza, quería que mi música no fuera solo técnica", confiesa. Fue entonces cuando decidió patear el tablero, empezar a componer y crear sus propias reglas.
Un tango "disruptivo" y callejero
Si bien su familia no era tanguera -en su casa se escuchaba más rock, gracias a la influencia de su hermano, el pianista Facundo de Ciervo-, Sofía descubrió el tango al mudarse a Buenos Aires. Allí entendió que el género no era solo lo que mostraban las postales para turistas, sino algo que se respiraba en las esquinas.
"El tango que te venden para el turista no es lindo. El tango te tiene que encontrar. Yo buscaba ese tango vivo, el de la calle, ese que escuchás en un bar y te hace llorar", explica. Su objetivo con Pumba fue justamente ese: rescatar la esencia arrabalera y urbana, pero intervenida por procesos de producción modernos, letras actuales que interpelan a su generación y una actitud que roza lo punk.
Para Sofía, el tango actual tiene que tener "esa mugre" de la que habla el lunfardo. "Las letras antiguas hablan de cosas que a mi generación ya no nos mueven tanto. Traté de interpelarme con otras narrativas usando ese sonido tan hermoso que es el tango", sostiene.
La paradoja del público
A pesar de su crecimiento profesional, la cantante admite tener un sentimiento ambivalente respecto a su ciudad de origen. "A Junín le tengo un respeto casi de casa. Me da pudor llevar mi música, que es tan rara, a mi propia gente. No sé cómo la van a recibir, me da miedo llevarme una mala sorpresa", confiesa con sinceridad.
Sin embargo, su experiencia en el interior del país le ha dado lecciones valiosas sobre cómo se consume la música hoy. "Es curioso, pero a veces me pasa que en Buenos Aires el público se queda más distante, como si estuvieran muy acostumbrados a escuchar cosas raras. En cambio, cuando vamos a ciudades más pequeñas, el show explota. La gente conecta de otra manera", analiza.
Más allá de sus giras y de la vorágine de la capital -donde a veces siente la necesidad de volver a la Laguna de Gómez para "cambiar el aire"-, de Ciervo sabe que su futuro está en seguir explorando los márgenes. "El tango es calle, es aire. Y yo solo estoy tratando de ponerle mi propio color a ese aire que se respira", concluye.
Mientras prepara nuevos proyectos, la artista deja una promesa firme: volver a Junín para visitar a su familia, pero también para subir al escenario y, finalmente, romper ese pudor con su música.

